DÍA 2 - Alberto López en Medellín

LA DESPEDIDA DE UN HERMANO ANTES DE MORIR FUSILADO. “Cuídese, ‘Chino', Chao”

Manuel recuerda que desde muy pequeño se fue a vivir con su hermano, al que siempre admiró, a la calle, pero que jamás robaron ni consumieron sustancias psicoactivas (drogas) en esa etapa. Simplemente trabajaban en lo que podían para sobrevivir. Esa unión fraternal se acabó cuando cada uno fue llevado a un hogar y sus vidas se separaron. Años después se reencontraron y, como tantos menores seducidos por un uniforme, poder, un arma y el dinero fácil de los grupos armados, entraron a formar parte de las FARC.

Fueron años duros de entrenamientos, disciplina, combates, emboscadas, guardias… y también de pasar hambre y, aunque nunca se mencione en los primeros lugares, también de falta de cariño y de causar dolor, mucho dolor, y de sufrir mucho internamente.

El hermano mayor de Manuel siempre fue un alma libre al que le gustaba pasear por la selva, tener sus ratos para él y que no llevaba muy bien lo de acatar órdenes. Fue avisado varias veces y hasta le hicieron un consejo de guerra. Ésa fue su última oportunidad, porque la siguiente decisión no fue el castigo, ni la tortura, sino directamente el fusilamiento.

Manuel recuerda la frialdad de la despedida de su hermano antes de ser asesinado a manos de sus propios compañeros: "Nos dimos un fuerte abrazo y él simplemente me dijo 'cuídese, Chino. Chao'. No lo volví a ver más ni tampoco estuve presente en el fusilamiento".

"El comandante, en la siguiente formación, dio la noticia de su muerte y todos me miraron al saber que yo era su hermano. Ese día todo cambió y dejó de tener sentido estar allí, así que empecé a pensar en huir".

Su vida dio un giro con aquella decisión, aunque aún tendría que andar varios días desorientado por la montaña y pasar mucha hambre hasta llegar a un lugar habitado, llamar a un familiar y entregarse a un batallón de militares que lo llevaron al centro que atienden los Salesianos en Medellín.

Desde aquel día Manuel es el protagonista de su propia historia y, gracias a su esfuerzo, ha conseguido ponerse al nivel académico de cualquier adolescente de su edad. En los últimos años ha pasado de creer, decir y defender que “un arma te daba la vida y no tenerla te la quitaba en cualquier momento” a contagiar su esperanza en el proceso de paz que vive el país porque, argumenta, “la paz empieza por uno mismo”.

 

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