DÍA 6 - Alberto López en Colombia

PORQUE UNA MADRE NO SE CANSA DE ESPERAR... “FELICIDADES, MAMÁ”

Catalina llevaba días preocupada porque el domingo era el cumpleaños de su madre. Quería llamarla por teléfono a las seis de la mañana porque vive en una casita en la montaña, con sus dos hermanos y su padrastro, a 12 horas de Medellín en autobús, y es cuando está preparando los quesos que luego vende y puede localizarla si la cobertura lo permite…

Los chicos de la Casa de Protección Especializada (CAPRE) de los Salesianos en Medellín tienen 5 minutos a la semana, que pueden repartir como quieran, para hablar con sus familias y ella pidió permiso para poder realizar esa llamada. Parece un tiempo insuficiente pero Catalina asegura que “da tiempo a repartirlo entre varios familiares, a preguntar cómo están y qué están haciendo y a contarle yo cómo estoy y lo que hago”.

Ese día habíamos quedado con ella y teníamos que viajar, así que se hizo la excepción de prestarle un celular (móvil). Hubo suerte con la cobertura y no tardó ni un minuto, pero algunas frases de la conversación nos conmovieron a todos:

“Muchas felicidades, mamá, en su cumpleaños. Disculpe que no pueda celebrarlo con usted. Pronto nos reencontraremos. La quiero mucho. Cuídese, por favor”.

Sin embargo, la relación de Catalina con su madre nunca fue así de buena. De hecho, reconoce que durante mucho tiempo ni existió: “Mi papá me pegaba y ella no me defendía. Incluso una vez ella me pegó con él. No sentía su amor y por eso decidí irme a la guerrilla”. Catalina sufrió tanto que llegó a decirles a sus padres que “o la mataban o se moría”. A los 13 años, de hecho, reconoce que intentó quitarse la vida

Aprovechó un viaje de su madre a Bogotá y la visita de dos guerrilleros a su casa para marcharse con ellos. “Uno tenía 13 años y otro 19. Yo les dije que me iba con ellos, pero ellos me disuadían para que no lo hicieran. Al final me fui”.

Las primeras noches en el bosque Catalina no pudo dormir. Sabía que su madre estaba preocupada pero la decisión estaba tomada. A las dos semanas, un bombardeo mató a uno de los chicos con los que se fue de casa: fue su primer cara a cara con la muerte. En otra ocasión, el humo por las bombas de los militares casi la asfixian mientras que veía cómo seguían muriendo compañeros.

De vez en cuando llamaba a su madre pero nunca podía decirle dónde estaba: “Tenía que alejarme del campamento y subir a un cerro. Le preguntaba por mis hermanos y ante sus súplicas le reprochaba que no me quiso en su momento. Era muy dura con ella”, recuerda Catalina.

Cuando cumplió 16 años el comandante permitió que su madre fuera a visitarla. “Los guerrilleros la recogieron en un lugar y estuvo tres días conmigo, pero era muy peligroso y quería que se fuera cuanto antes”.

En los tres años que estuvo en la guerrilla no sólo vio la muerte demasiado cerca muchas veces, sino que también aprendió nociones de enfermería, recibió cursos de todo tipo, aprendió a cortar leña, a encender un fuego, a cocinar… a sobrevivir “pero poco a poco todo me iba a aburriendo aunque tenía de todo, hasta celular, y le dije a mi madre que iba a huir. Ella me pidió que me entregara al Ejército y un tío mío que es como mi papá me facilitó todo”.

“Cuando huí no me llevé nada que tuviera que ver con la guerrilla para que no molestaran después a mi familia y, gracias a Dios, lo he conseguido”.

Antes de llegar al centro de los Salesianos estuvo dos meses en lo que se llama un Hogar de Paso. En una visita de su madre “la encontré flaquita y deteriorada y cuando llegué a la Casa de los Salesianos, en el primer encuentro que hubo con las familias, la relación cambió para siempre gracias a los educadores del centro y ahora la quiero muchísimo y deseo todo el tiempo hablar con ella y poder verla”.

La última vez que se encontraron fue en diciembre y, a pesar de hablar todas las semanas, Catalina sabe que tiene su fiesta de los 15 años pendiente: “Me dice que me va a hacer un traje bonito y que hasta va a traer gallinas para la celebración”.

 

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Epílogo

 

YO OPINO

Como dice la canción, “una madre no se cansa de esperar”… De esa conversación que mantuvimos Catalina y yo hay muchas cosas que quedarán entre ella y yo, y estoy seguro de que otras muchas nunca saldrán de ella, pero me sigue pareciendo increíble la naturalidad para revivir tanto dolor sin ningún rencor, sino todo lo contrario, anteponiendo casi en cada frase un “gracias a Dios”… porque está viva y muchos compañeros suyos no pueden ya contarlo.