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Ver todas las noticiasDefensoras de la Amazonía venezolana: cuidar el territorio para defender la vida
Cuatro defensoras del territorio han compartido en MISIONES SALESIANAS las amenazas que afrontan los pueblos indígenas de la Amazonía venezolana. Minería y extractivismo, violencia, desplazamientos, falta de servicios básicos y crisis climática están transformando profundamente la vida de las comunidades. Frente a ello, Lisa Lynn Henrito Percy, María Arana, Norayma Ángel y Crusita Yuvisay reivindican otra forma de relacionarse con el territorio: escuchando a los pueblos indígenas, fortaleciendo a mujeres y jóvenes y promoviendo alternativas económicas sostenibles
“Una madre no necesita datos científicos para cuidar a sus hijos. Nosotros tampoco necesitamos informes para cuidar nuestro territorio”. Con esta comparación, Lisa Lynn, lideresa indígena del pueblo Pemón, resume una manera de entender la Amazonía que va mucho más allá de la conservación ambiental. Para los pueblos indígenas, explica, “el territorio es alimento, cultura, identidad y futuro”.
Su voz ha sido una de las cuatro que han llegado hasta la sede de MISIONES SALESIANAS, en Madrid, para acercar la realidad de las comunidades de la Amazonía venezolana que conviven con el avance de la minería y el extractivismo, la violencia, la falta de servicios básicos y unos efectos de la crisis climática cada vez más visibles.
“Las grandes cifras tienen repercusiones cotidianas”, advierte Crusita Yuvisay, comunicadora y promotora de Derechos Humanos. En algunos territorios, llegar a una escuela, acceder a agua potable, realizar un trámite o recibir atención sanitaria puede convertirse en todo un desafío. Hay comunidades a las que sólo se puede acceder tras semanas de navegación y de las que muchas personas terminan marchándose en busca de oportunidades.
Pero abandonar el territorio tampoco resuelve los problemas. “Quienes se van, viven en las ciudad en condiciones muy duras y de gran vulnerabilidad”, señala Yuvisay. Mientras tanto, en numerosas comunidades son las mujeres quienes permanecen y sostienen la vida cotidiana.
Una riqueza que no se queda en las comunidades
La expansión de la minería está modificando también la economía y las relaciones sociales. Lisa Lynn habla de lugares donde circulan dólares, reales brasileños o incluso el oro como forma de pago y donde la actividad minera se ha presentado como una de las pocas alternativas para sobrevivir.
Ese aparente bienestar tiene, sin embargo, un coste muy elevado. La contaminación de ríos y suelos se une a situaciones de violencia, prostitución, abandono escolar y presencia de grupos armados. “Los pueblos indígenas no ven esas riquezas. El oro o el coltán se van y los residuos se quedan en el territorio”, denuncia Yuvisay.
La situación empieza a sentirse también en comunidades donde la minería era hasta hace poco menos habitual. María Arana, mujer Uwottüja y miembro de la Organización de Mujeres Indígenas de Autana, observa cómo algunas formas de vida tradicionales están perdiendo terreno.
“Se está abandonando la vida como era”, explica. Los oficios artesanales, la agricultura o las actividades vinculadas a la propia comunidad compiten ahora con la minería y con otras formas de obtener ingresos rápidamente. A ello se añaden el encarecimiento de los productos básicos, las dificultades para acceder al agua y el riesgo de que muchos jóvenes abandonen sus estudios o sus comunidades.
También la crisis climática está alterando el equilibrio del territorio. Los cambios en las lluvias y en los ciclos naturales afectan a la pesca, a los cultivos y a recursos de los que las familias han dependido durante generaciones.
Proteger el territorio para no renunciar al futuro
Ante esta realidad, las cuatro mujeres insisten en que la respuesta no puede reducirse a prohibiciones o denuncias. Existen alternativas y muchas de ellas ya están naciendo dentro de las propias comunidades.
María trabaja con mujeres y jóvenes en iniciativas de artesanía, gastronomía, producción sostenible y emprendimiento que permiten obtener ingresos al mismo tiempo que se preservan la cultura y los conocimientos tradicionales. “Trabajamos con esperanza de que nuestro territorio se cuide, porque es quien nos da la vida y nuestros alimentos”, afirma.
También existen procesos de organización para proteger físicamente los territorios. Lisa Lynn participó en la creación de la Guardia Territorial Pemón, una iniciativa de defensa pacífica vinculada al cuidado de las comunidades y de sus espacios ancestrales. Los pueblos indígenas han desarrollado además procesos de cartografía y autodemarcación para identificar y proteger unos territorios cuyo reconocimiento efectivo continúa siendo una de sus principales reivindicaciones.
Para Norayma Ángel, coordinadora de la Oficina de Derechos Humanos del Vicariato de Puerto Ayacucho, esa defensa resulta inseparable de los derechos de los pueblos indígenas. “Tenemos que ser parte de la agenda. Nos cuesta mucho visibilizar nuestras realidades”, asegura.
Porque lo que ocurre en la Amazonía no queda encerrado entre sus ríos y sus bosques. “El mundo está interconectado. Los pueblos indígenas sufren las consecuencias de lo que está ocurriendo a miles de kilómetros”, recuerda Norayma.
Las cuatro mujeres han llegado a España para contar una realidad atravesada por numerosas amenazas, pero también para evitar que la Amazonía venezolana sea narrada sólo desde la destrucción. En sus comunidades hay mujeres que se organizan, jóvenes que buscan alternativas, proyectos sostenibles, conocimientos transmitidos durante generaciones y pueblos que continúan defendiendo otra relación posible con la Naturaleza. Hasta el 6 de octubre realizarán diversas actividades en País Vasco y Navarra, dentro del proyecto ‘Aulas en Acción’, que apoya el Gobierno vasco.
Porque, como recuerdan una y otra vez, defender el territorio no significa solamente proteger un lugar. Significa defender la posibilidad de seguir viviendo en él.