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27 julio, 2026

“Siguen excavando con las manos”, el testimonio de un misionero salesiano desde la zona cero en Venezuela

El misionero salesiano venezolano Ubaldino Andrade, que desarrolla su labor en África junto a personas refugiadas, ha regresado temporalmente a su país para visitar a su familia. Durante su estancia ha recorrido las zonas más afectadas por los terremotos y ha acompañado a damnificados, voluntarios, sanitarios y familiares que todavía buscan a sus seres queridos entre los escombros. Su testimonio refleja una tragedia que ya no está en los medios de comunicación y que resulta inabarcable para la población.

Más de un mes después de los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que golpearon el norte de Venezuela el pasado 24 de junio, el número de víctimas continúa aumentando. El último balance oficial eleva a 5.546 las personas fallecidas. Además, 16.740 personas han resultado heridas y 17.907 han perdido sus viviendas o no pueden regresar a ellas.

El misionero salesiano Ubaldino Andrade, Uba como lo conoce todo el mundo, de origen venezolano y que trabaja con las personas refugiadas de Sudán del Sur en el norte de Uganda, ha visitado La Guaira acompañado por el salesiano Jorge Bastidas y por una joven del Movimiento Juvenil Salesiano de Venezuela. Allí se ha encontrado con una población que, pese al cansancio y a la pérdida de esperanza de hallar supervivientes, continúa buscando los cuerpos de sus familiares.

“Muchas personas han perdido la esperanza de encontrar vivos a sus familiares, pero no han perdido la esperanza de, al menos, recuperar sus cuerpos. La gente sigue excavando con las manos”, señala el misionero salesiano.

El salesiano asegura que resulta difícil comprender la magnitud de la destrucción hasta que se recorre personalmente las zonas afectadas. Edificios enteros han quedado comprimidos y las plantas superiores se han convertido en los nuevos bajos porque varios pisos permanecen sepultados.

“Lo que nos llega a través de los medios de comunicación no es nada comparado con la inmensidad de la tragedia. No hay calle en la que no encuentres un edificio o una casa destruida”, explica Ubaldino Andrade.

Frente a la destrucción, el misionero destaca la movilización espontánea de miles de personas. Vehículos cargados con agua, café, arroz, arepas, ropa, herramientas y linternas continúan llegando desde Caracas y desde otros estados del país.

La solidaridad de la población destaca frente a una tragedia que parece inabarcable

“No vienen a mirar. Vienen a ayudar, a consolar, a limpiar y a estar con sus hermanos. Donde abundaron la tristeza y la desgracia, también abundaron la solidaridad, la empatía y la cercanía”, señala el misionero salesiano.

Ubaldino y sus acompañantes han podido distribuir agua, zumos, ropa, jabón, productos de higiene y alimentos entre las familias que viven en tiendas de campaña después de perder sus casas, pertenencias, recuerdos e incluso sus documentos de identidad.

Entre la ayuda llevaban unas sencillas galletas de chocolate. Una médica, agotada después de varios días de trabajo y falta de sueño, les explicó el valor que podía tener en aquel momento un gesto aparentemente insignificante.

“Hay mucha tristeza y mucho olor a muerto. A veces no provoca comer, pero una pequeña galleta puede quitar el sabor amargo”, explica Ubaldino Andrade.

El salesiano también relata la capacidad de los niños para crear pequeños espacios de normalidad. Entre tiendas y escombros encontró a varios menores jugando dentro de un automóvil viejo, mientras jóvenes voluntarios organizaban actividades educativas y deportivas improvisadas.

En la denominada zona cero, varios edificios de más de catorce plantas quedaron completamente aplastados. Allí siguen trabajando los llamados “topos”, grupos formados en muchos casos por jóvenes sin preparación profesional que se introducen por los huecos abiertos entre los escombros.

“Ya no quedan muchos equipos internacionales. Queda la gente: estudiantes universitarios, médicos venezolanos y extranjeros, forenses, enfermeras y jóvenes que siguen excavando y buscando cuerpos”, señala el misionero salesiano.

Los equipos necesitan cascos con iluminación, ropa gruesa, linternas y material de protección. Los sanitarios también solicitan mosquiteras para cerrar las tiendas donde trabajan, debido a la proliferación de moscas en las zonas donde todavía se recuperan cadáveres.

Jóvenes, sanitarios y voluntarios continúan buscando entre los escombros sin apenas medios

Durante la visita, el padre Uba conoció a una mujer conocida como La Negra, que continúa buscando a varios familiares. Ella y uno de sus hijos sobrevivieron porque no estaban en casa cuando se produjeron los terremotos.

“Nos decía que no podía llorar porque debía mantenerse fuerte para que sus hijos no se quebraran. Pero, ¿cuánto tiempo puede aguantar una persona así?”, explica Ubaldino Andrade, que también destaca el milagro de haber encontrado a una persona con vida en la zona un mes después de los terremotos.

El misionero advierte de que, una vez finalizada la fase inicial de rescate, comienza un trabajo igualmente complejo: atender las consecuencias psicológicas de una experiencia traumática que muchas personas todavía no han podido asimilar.

MISIONES SALESIANAS y nuestra ONG Jóvenes y Desarrollo ya hemos destinado más de 350.000 euros de la campaña Emergencia Venezuela para que los Salesianos puedan atender a la población y comience a proyectarse la recuperación.

La respuesta salesiana incluye la distribución de alimentos, agua, medicinas y productos de higiene, así como atención sanitaria y psicosocial, protección de la infancia, educación en emergencia y recuperación de viviendas e infraestructuras dañadas. Una de las intervenciones acompañará durante seis meses a 680 familias especialmente vulnerables en Caracas, La Guaira y Carabobo.

Las parroquias, colegios y centros salesianos permanecen abiertos como lugares de acogida, almacenamiento y distribución de ayuda. Religiosos, jóvenes y voluntarios continúan desplazándose diariamente a las zonas afectadas con los recursos que logran reunir. “Regresamos a casa en silencio, sin palabras. Pero mañana será otro día y volveremos cargados de nuevo con lo que consigamos”, concluye Ubaldino Andrade.

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