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9 enero, 2019

Lamín, el joven de Sierra Leona que se avergüenza de sus cicatrices pero quiere ser santo

Lamín es un joven de 21 años que vive en Don Bosco Fambul, un edificio en la capital de Sierra Leona donde los niños de la calle son acogidos y empiezan una nueva vida en un ambiente familiar y de cariño. Un día entró en la oficina del director y, alterado, fue directo al grano: le preocupaban las cicatrices en su cuero cabelludo, en sus brazos, sus tatuajes. Le recordaban continuamente a él y a la gente que lo rodea su pasado de ignominia y vergüenza.

Huérfano de padre y madre, Lamín vivió desde pequeño en las calles de Freetown y aprendió a sobrevivir usando su astucia y su fuerza para primero mendigar y después robar. En ese tiempo probó de todo: alcohol, marihuana, cocaína y sexo con prostitutas. Estuvo dos años en la Prisión de Pademba y cuando salió, se acercó a Don Bosco Fambul pidiendo ayuda, pero “la calle” fue más fuerte y reincidió, esta vez robando un teléfono.

Al ser la segunda vez, cuando lo detuvieron lo ‘marcaron’ como es la costumbre en Sierra Leona. Gracias a Dios no le rompieron los brazos ni los dedos, pero sí le hicieron varios cortes con un machete en la cabeza, y en los brazos y para que cojeara de por vida, le cortaron el tendón de Aquiles.

Las cicatrices serían a partir de entonces su etiqueta de por vida: “ladrón cazado”.  Lamín había tocado fondo y lo sabía, así que cuando lo reconoció comenzó su viaje de vuelta, su rehabilitación y su sanación.

El director de Don Bosco Fambul le dijo que en sus cicatrices está su gloria y que no tiene que sentirse avergonzado de ellas, ni tampoco de sus tatuajes, ni de su cojera. Que no las oculte. “Ellas muestran, junto con tu capacidad de rehabilitación, que siempre existen segundas oportunidades en la vida y que no importa lo bajo que hayas caído”, le comentó Jorge Crisafulli.

Su vida es un ejemplo de superación: está terminando la Secundaria y quiere estudiar Trabajo Social para ayudar a los chicos de la calle en el futuro. “¡Quiero ser santo!”, dijo al final de esa conversación casi a modo de confesión. Su determinación estremeció al propio Jorge Crisafulli porque sus ideales finalmente iluminaban su pasado de sufrimiento y su historia adquiría un nuevo rumbo y sentido.

Cuando un periodista le preguntó a Nelson Mandela si se consideraba un santo contemporáneo, él contestó: “Si un santo es un pecador que sigue intentándolo, que nunca tira la toalla, entonces sí, soy un santo”. ¡Lamín sigue esforzándose! “Por eso, cuando nos pese el pasado, o la conciencia nos reproche algo, no hay que desanimarse, que ‘Dios es más grande que nuestra conciencia’ (1Jn. 3, 20) y fijémonos en Lamín, que si él lo ha logrado, ¡nosotros también podemos hacerlo!”, concluye el misionero salesiano Jorge Crisafulli.

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